Cónclave illuminati

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Al fin había descubierto a los enemigos de la Iglesia reunidos. Estaban los tres sentados alrededor de una mesa de un bar. Había una falsa monja, un sacerdote y un hombre sospechosamente común. A pesar de la aparente normalidad del encuentro, estaba seguro de que bajo sus apariencias se encontraban peligrosos masones. Agucé el oído para captar su conversación:

El cura, espatarrado, con los pantalones medio arremangados dijo:

  • Qué pereza me da la misa de Domingo. Es tan repetitiva…

Su bostezo fue aprovechado por la monja:

  • Peor yo… Una hermana no para de darme la vara. Está con la religión. ¡Que intensa la señora!
  • Eso no es nada… interrumpió el cura. El otro día me dijo Pepe que había que hacer apostolado, que estaba yo muy acomodado. Yo estoy muy bien con mi fe, no necesito esas cosas.

La conversación prosiguió con nimiedades varias. Curiosa actitud de los temibles enemigos de la Iglesia. Y yo qué pensaba que estarían haciendo oscuros planes de destrucción de Iglesias o de infiltración. Seguro que bajo esta apariencia de normalidad había un código secreto de comunicación. Mis oídos estaban atentos a cualquier sonido sospechoso y elucubraba maneras de descifrar sus diálogos.

El cura mientras fumaba un cigarrillo dijo con aburrimiento, “Ahh” la sacristana me saca de quicio con sus reglitas. Que si no sigo el canon de la misa o que nunca estoy en el confesionario.

  • Pues si, prosiguió la monja, en mi casa, ¡Ufff!, ni le cuento lo pesada que se pone ella.
  • Para pesado, cuando ella me echa en cara eso de la conversión constante. ¡Que matraca! Es demasiado piadosa. Habría que…

¡Aja! Ya entiendo su código. ¡Claro ahora todo encaja! Pero aquí estaba yo para librar a la Iglesia de sus pérfidos enemigos. Salí de mi escondite y dije:

  • ¡Alto ahí malvados! Ya os he descubierto. ¡Queréis asesinar a la santísima madre superiora!

Nuestros tres malvados illuminatis se miraron sorprendidos y prorrumpieron en una serie de carcajadas que desconcertó a nuestro celoso héroe.

  • ¿Pero vosotros no queréis acabar con esa santa mujer? ¿acaso no sois los temidos masones?

Mas risas por su parte y con gestos le invitaron a que compartiera mesa con ellos. El chico se sentó mirando furtivamente a sus enemigos, esperando que le asesinasen de un momento a otro. Pero, para su sorpresa el cura le pidió una cerveza, mientras la monja y el laico iniciaban una amena conversación con él. El invitado se fue relajando paulatinamente, dejando de lado sus iniciales sospechas. Al final de la comida, los illuminati despidieron al chico que se volvió a su casa diciéndose que había estado muy paranoico, al fin y al cabo, sus conversaciones tampoco eran nada del otro mundo, con esas nimiedades no se podía destrozar a la Iglesia.

Cuando su perseguidor estuvo lejos, los masones respiraron aliviados, había estado cerca de pillarles, a ellos, los temidos illuminati en sus planes de destrucción de la Iglesia. Pero lo que desconocía nuestro amigo era que a la Iglesia se la ahorcaba más eficazmente con una buena dosis de mediocridad, apatía y abulia que con tenebrosas maquinaciones. Ellos continuaron la comida esparciendo sutilmente ese asfixiante veneno.

H. Miguel Herrera LC