Solo en la 5º AV.

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Riadas de personas, trasiego constante de coches y apabullantes anuncios. Los peatones se chocaban entre si en el paso de cebra. Imperaba la ley de la selva. Los inhumanos rascacielos, árboles amazónicos. Los coches, estampida que arrastraba al despistado. Los anuncios parecían asaltar los sentidos del transeúnte que se veía asediado en todos los flancos. Las imágenes se sucedían sin sosiego, en continuo bombardeo. La música, se unía con el clamor de pitidos, creando un ruido ensordecedor que reventaba los tímpanos. El humo de las máquinas impregnaba el ambiente, y subía hacia el cielo en pagana ofrenda a los dioses de la metrópoli.

“Fifth Avenue” exclamó con entusiasmo mi compañero, interrumpiendo mis cavilaciones. Extendió los brazos hacia el cielo y exhaló de ese vicioso aire con ancha sonrisa. Esta era el sitio de las películas, la gloria de nuestra civilización. Cruzamos el paso de peatones con la mirada y los sentidos dominados por el embrujo del ambiente. Pero en medio de ese embotamiento de mi cerebro, miré.

Vi, que al borde de la acera, rodeado de una masa humana en continuo movimiento, había un hombre. Estaba tirado en el suelo, en medio de pies y piernas que le tapaban la luz solar. Con barba de varios días, mal vestido y sucio, susurrando en voz baja palabras desconocidas con voz corroída por la droga. Todo parecía ajeno a su presencia, los humanos hacían frenéticas fotos a los edificios en lo que duraba el semáforo en rojo y después continuaban impasibles. Nadie miraba.

¡Ironía! En el lugar más espléndido, símbolo de nuestros avances se hallaba un hombre invisible para el mundo gimiendo y muriéndose frente a riadas de supuestas personas. Nos detuvimos, desafiando a la arrolladora masa y en silencio rezamos frente al hombre. Todo pareció desaparecer de nuestros ojos, solo teníamos ojos para él. Acabamos la oración… Ese fue nuestro regalo; compartir aunque solo fuese por unos minutos nuestra presencia, era un reconocerle como semejante. Seguimos por la calle con rascacielos a los lados, llenos de coloridos anuncios. Mientras caminábamos nos tendían sus tentáculos, prometiendo felicidad si comprábamos tal y cual producto, tratando de hacernos olvidar el suceso.

Ahí dejamos tendido a nuestro amigo. A la espera de un buen samaritano. Quién sabe si hubo alguno lo suficientemente humano para ayudarle.  O quizás acabó sus días entre pies y zapatos en el helado pavimento de la espléndida “Fifth Avenue”.

H. Miguel Herrera LC