El juguete incompleto

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El niño jugaba con un nuevo tablero de madera. Este tenía espacios donde encajar las formas geométricas, cuadrados, triángulos y un gran círculo central. La madre veía con orgullo como su hijo colocaba las piezas y le animaba en la gran empresa. El bebe exultante, iba completando el pequeño tablero, poniendo cada pieza en su sitio. Trató de encajar el círculo, pero sin éxito. Así pues, lo volvió a intentar con renovadas energías, creyéndose ya general triunfante. Puso toda su fuerza en su aún suave puño y empujó el círculo contra la abertura… Este se negó a plegarse.

El niño derrotado, se echó a llorar buscando el consuelo de su madre, que se apresuró a consolar al crío. Ella queriendo contentar a su hijo, intentó meter la pieza en el tablero. Pero falló en el intento. La señora volvió a la carga, presionando la ficha una y otra vez, pero simplemente el círculo no encajaba. La madre cansada, trató de distraer al infante presentándole otros juguetes, pero este continuó con la matraca del tablero. Cansada, la madre le sacó al parque para que se le pasase el disgusto. Ella era desconocedora de la profunda herida que estaba causando a su hijo. ¡Un tablero incompleto! Una desgracia imprimida en el alma del hasta entonces completo chiquillo.

Pasaron los años y el incidente del tablero hueco cayó en el olvido. El niño crecía y se robustecía sin que el trauma se manifestase, excepto por un divertido tic: tenía el chaval la manía de coger formas geométricas; una goma, un caramelo, un USB… Su atenta madre lo advirtió e interrogó al chaval. Este le dio largas, no sabía qué hacía con los objetos, “vaya preguntas mamá” dijo el chico. La progenitora no desistió en su empeño de averiguar cuál era el objeto de su obsesión. Pero no soltaba prenda.

Resulta que un buen día que volvía de una cena con unos amigos, le vio. El niño se movía por las habitaciones del hogar, inadvertido de su presencia. Ella en silencio se dispuso a seguirlo. El chico fue al desván, donde guardaban los juguetes de la infancia. Vio con extrañeza como este sacaba del pantalón cuantiosos objetos y cogía aquel viejo tablero. Como accionado por un impulso ajeno a él, este trataba de encajar las piezas en el agujero central, en el dichoso círculo que había permanecido hueco muchos años. Ninguno de los objetos rellenó el espacio y el muchacho se volvió a acostar ajeno a su vacío.

Su manía por recoger objetos fue agravándose y ya era tal su obsesión que llegaba a la casa con una mochila llena de cosas. Salía a locas fiestas; parrandas interminables, pero no llegaba el joven a llenar el infinito hueco del tablero. Llegó en su sediento deseo de nuevos objetos, a entrar en una edificación un tanto particular. Se había enterado de que podía obtener un círculo gratis y fácil.  Había una fila de personas en el centro de la nave y él se puso a la cola. Llegó su tuno y le dieron la preciada forma; blanca y redonda. Se la metió con agilidad en el bolsillo y desapareció de la Iglesia.

Ya en la noche, el sonámbulo se levantó para su eterno ritual nocturno. Cogió el tablero y se puso a probar los objetos del día, bajo la mirada atenta de su madre. Llegó el turno de la hostia. El infinito vacío de la madera parecía rellenarse a la perfección con la sencilla forma. El desnudo hueco y el blanco círculo se miraban desafiantes, ¿se colmaría esa hambre voraz? El chaval alzó la forma y se dispuso a probar, la mano bajó con velocidad al tablero. ¿Se llenaría? La forma entró en la abertura, pero la madre no pudo apreciar si había entrado a la perfección, si realmente era esa la pieza central del tablero.

H. Miguel Herrera LC