Silenciar al silencio

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El nuevo director causaba impresión: esquálido, con un fino mostacho y una sonrisa exagerada que recorría, tensa, su chupada cara.  Entró en el auditorio tatareando una cancioncilla en medio de un nervioso silencio. Al llegar al estrado, exclamó: “Qué es este descabellado silencio? Deberíais estar hablando más alto.” Los alumnos se miraron unos a otros perplejos. El rector insistió alzando la voz: mas fuerte he dicho! Se escucharon timidos e inseguros balbuceos. Pero ante la aprobación de este, fueron cogiendo confianza, y al cabo de unos minutos, había ya un total descontrol de gritos en la sala. Satisfecho, el director inició el discurso en medio del caos acústico. 

Su primera medida: la prohibición del silencio. La novedosa regla vetaba la ausencia de ruido en el colegio y obligaba a que siempre hubiese alboroto . Los embrutecidos estudiantes acogieron las nuevas reglas con animalesca pasión. Definitivamente, les caía bien este juglaresco director. 

Él recorría las clases, mientras silbaba unas jugetonas notas, vigilando la estricta observancia de la norma del silencio. Los chavales berreaban y cantaban a grito pelado en medio de impotentes maestros que se veían obligados a continuar las explicaciones entre asalvajados especímenes.

El rector una vez que vió su reglamento aplicado, empezó a dar tours a los padres interesados en la escuela.

  • ¿No ven, mis queridos señores, el gozo que iradian nuestros alumnos? Veánlos llenos de vida, sin preocupaciones. Son completamente felices, porque el ruido nos hace libres.

Los padres se miraron fugazmente, mientras que el director tatareaba una cancioncilla. Este prosigió ante el silencio de los progenitores.

  • En este centro se respira la dulce paz del ruido y el alboroto. Este colegio enseña a succionar la esencia de la vida: el placer. ¡Ese gozo de no pensar, de vivir en automático! Para ello,  es fundamental silenciar al Silencio. Esa incómoda presencia  que corroe por dentro. Esa vaciedad que nos abré al mas allá. ¡Ay Ruido! gozosa inquietud del alma.

El rector no detenía su parloteo ni un segundo no queriendo romper el ruido a su alrededor y tatareaba melodías una detrás de otra, con su mostacho balanceándose al son de la música. Padre y madre terminaron el recorrido por la escuela y se despidieron del director. Ya en el coche, el marido preguntó: “y bueno, y tu qué piensas sobre el silencio? Parecías distraída, en otro mundo.” Ella no respondió, solo silbaba despreocupada. Suspiro y contestandose dijo: creo que no vale la pena vivir sin consciencia, el silencio te hace plenamente humano, pero… Negó con la cabeza, “Silencio, ya está bien de tanto rollo” dijo con hartazgo y queriendo quitarse esos pensamientos empezó a silbar compulsivamente.

H. Miguel Herrera LC