Encerrar a Dios

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Nos habíamos acostumbrado a los controles militares. En los últimos anos, habían establecido un cordón policial alrededor de la parroquia; una caseta y varios soldados “defendían” el lugar. Para protegernos, decían. Hurgaban y rebuscaban en cada persona que entraba o salía de la iglesia, pero realmente desconocíamos el porqué. Nunca encontraban nada… pero, aun así, eran inflexibles; implacables, sometiéndonos a cada momento a su atento escrutinio. Bolsos, bolsillos, hasta los zapatos teníamos que pasar por el control. Pero lo dicho, jamás había visto a un guardia poner dificultades a nadie. Así que, si bien era engorroso, estábamos más que habituados y de hecho contentos porque velasen tan celosamente de los ciudadanos. Los guardias sonreían falsamente y entre ellos escuchábamos risitas.

El sermón del Padre me tocó especialmente. Hacía muchos años que no estaba así de atento en misa y el evangelio me llegó. Era sobre prender el fuego al mundo y llevar a todos esa pasión. Sentía que realmente tenía a Dios en el corazón y, es más, quería reventar y estallar de alegría y me decidí a lo inconcebible: llevarlo fuera.

Así pues, al salir de la Iglesia me puse a conversar con los feligreses, me miraban raro al oírme hablar con ese ardor y es que, aunque los veía desde hacía años, nunca intercambiábamos saludos. Noté su extrañeza, pero decidí seguir hablando, no me podía callar esa explosión interior. Pronto se separaron de mi alrededor. Me quedé solo en medio de la plazuela, habían salido en desbandada, aterrorizados. Miré sorprendido cómo una señora me denunciaba al guardia de la entrada. Me acerqué algo molesto por el proceder de los feligreses y ciertamente indignado. Al verme avanzar hacia ella, la anciana se refugió con un grito tras la caseta.

El soldado con un gesto avisó a sus compañeros, que salieron a mi encuentro. Los feligreses, tras haber abandonado el recinto policial, miraban la escena detrás de la seguridad de la valla metálica.

5 metros, 2 metros, seguía avanzando hacia ellos, confiado en esa pasión que llevaba mi ser. 1 metro; me sujetaron con violencia y me tiraron brutalmente al suelo. Protesté, pero en vano. Tras realizarme un chequeo, me llevaron arrastras por los adoquines del lugar hacia la caseta. Eché un último vistazo a mi alrededor, tratando de encontrar un resquicio de apoyo, una mirada de confianza hacia mí, algún gesto… pero nada. Los parroquianos miraban con horror, no a sus supuestos guardianes, sino a mí. ¿Qué era para ellos? ¿Acaso uno de los terroristas? Y pude comprobar en sus caras que ya estaba condenado. Ya en la puerta de la garita, agarrándome del que sería mi último rayo de sol, me arrepentí de todos esos años perdidos, ¿porque no compartí a Dios antes? Pero ya la puerta se cerró, demasiado tarde.

Uno de los policías se detuvo en medio de la plaza y a pleno pulmón gruñó: “este sujeto ha sido hallado en posesión de armas terroristas, será pues juzgado como tal. Una vez más, estos procedimientos son por la seguridad común.” Respiraron con tranquilidad los parroquianos, habían cogido a uno de los radicales a tiempo, antes de que hiciese más daño, y volvieron a sus rediles orgullosos por haberle detectado.

H. Miguel Herrera LC