Ricamente pobre

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Dejó sus camellos y su séquito escondido en una de las calles adyacentes. Se había vestido para la ocasión muy modestamente pues decían que ese maestro era severo con respecto a la pobreza. Pero cómo iba a salir su real persona a la calle sin el chal de terciopelo o las babuchas de piel de serpiente. Sin duda recordaría el día de hoy por este doloroso desprendimiento… Finalizando los preparativos, dejó su comitiva, confiando en su hábil disfraz.

 Le vieron acercándose desde la lejanía. Murmullos y cuchicheos. Ya por su andar y vestidos se advertía que era de noble alcurnia. Ya se regocijaban en sus mentes con los palos que le iban a caer al hombre. Seguramente el maestro le pediría que dejase sus riquezas, pues todavía recordaban con viveza las duras palabras en la parábola del rico epulón. Este joven parecía un vivo ejemplo de ella.

Los acompañantes del maestro le saludaron cordialmente, su reacción primera fue alejarse de ellos.  Olían mal y vestían andrajos que no podía considerarse ropa. Pero con increíble virtud, les saludó con una media sonrisa. Ya le habían advertido en palacio de la extremada pobreza de aquellos hombres. “Pobrecillos”, se decía. Y si no fuera porque estaba aparentando ser pobre, les hubiera dado comida decente.

Dejó el corillo de despojos, llegó frente al Señor y sonriendo le dijo: Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna? Jesús le respondió: “¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno, sino solo uno, Dios. Tú sabes los mandamientos: No mates, no cometas adulterio, no hurtes, no des falso testimonio, no defraudes, honra a tu padre y a tu madre”.

“Maestro, todo esto lo he guardado desde mi juventud”, dijo el joven. Jesús, mirándolo, lo amó y le dijo: “Una cosa te falta: ve y trae todo cuanto tienes, luego ven y sígueme”. Pedro miró atónito a Jesús, pero este insistió: “ve y trae todo cuanto tienes.” Al mozo se le iluminó el rostro y salió corriendo para movilizar a toda su comitiva. Confundido, Pedro le replicó: “Pero Señor, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido.” Jesús sin dirigir la vista a Pedro, contestó: Pedro, yo cuando hablé de dejar todo, lo decía metafóricamente, ¿todavía no me entiendes? Os hablaba en sentido espiritual, nunca material.

Pedro tragó saliva mientras en la distancia aparecía el cortejo de aquel joven rico que iba a seguir a Jesús. Desfile de camellos, ropajes, sirvientes, y ahora sí, el joven rico repartiendo comida a los pobres. “Bueno, al fin y al cabo, se dijo Pedro, quizás es realmente pobre de espíritu”. Aunque algo no le encajaba bien, esto no debería ser así, pero quién era el para contradecir a su maestro en algo palabras tan claras.

H. Miguel Herrera LC