Fariseos exhumados

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El Padre inicio el sermón. “¡Vaya evangelio me toca hoy!” se decía mientras avanzaba hacia el púlpito. Miró hacia sus feligreses… Llevaba ya varios años en la parroquia, pero sus fogosas palabras nunca hacían ningún efecto en sus oyentes. Estaba cansado de chocar sus sermones contra esa pared helada que se había levantado en torno al altar. De hecho, hacía ya mucho que lo había dejado de intentar.

Con gesto cansado empezó hablar, sin rastro de ardor. La predicación discurrió sobre los fariseos. Tiro por la vertiente más sencilla. Y quemó el tiempo hablando sobre las maldades de los fariseos, pero sin hacer mención alguna de la cerrazón de sus feligreses.

Al otro lado del presbiterio, apretado con su corbata y lujosa chaqueta, un joven fruncía el ceño cada vez que escuchaba la palabra fariseo. “Esos fariseos son terribles…. ¡Ay!  si hubiese estado yo en casa de Anás…” Me encantaría que hoy estuviesen vivos, solo para masacrarlos por sus pecados. Se imaginaba liberando al Señor de tan malvada casta. Porque él cumplía; iba a misa todos los domingos, aunque, bueno siempre uno tiene sus pecadillos. Y así, inmerso en gloriosas refriegas, pasaba el tiempo del sermón.

El sacerdote detuvo sus palabras y miró a sus parroquianos… Se sintió solo en medio de la iglesia. Cada uno estaba encerrado en sus sueños derrotando y librando al Señor de los fariseos. Esa señora tan pía, no hace más que criticar en cuanto sale. Ese otro religioso, cumple, pero no da ni los buenos días al entrar. El señorón de la primera banca, llora cuando se habla de la pobreza de Jesús, pero vive como un marqués. Se miró también así mismo, ¡tanto tiempo acomodado…! Se indignó y su antiguo ardor, desde antaño enterrado, salió asolando a su camino: “los fariseos están entre nosotros.”

Se produjo un murmullo de asombro. Se miraban unos a otros tratando de descubrir en las caras del prójimo los rasgos del enemigo. Todos recordaban cuando la señora María llegó tarde a misa, o cuando el entonador se había equivocado en el aleluya o peor la madre que rompió el silencio con su niño lloroso. El joven zanjó la tensa disputa y chillando dijo: “es él.” Y apuntó con su regordete dedo a… al cura. 

Todos a una se lanzaron a por el fariseo. A por el malvado fariseo opresor. Le sacaron fuera de la Iglesia y le tiraron al pavimento. Poseídos, cogieron cantos que estaban en los alrededores y alzaron sus manos, cargadas las piedras. Aguardaban la orden final. Uno apuntó que en el evangelio había una escena parecida donde los fariseos trataban de apedrear a una pecadora, pero finalmente no ejecutaban la sentencia porque reconocían su pecado. Al oír dicha palabra, el señorón grito histéricamente: “pero nosotros no tenemos pecado.”  La turba venció su resistencia final y las piedras llovieron.